La Culpa de Defenderse: Marte en Virgo interceptado en la Casa 8.
Desde niña me interesó la astrología. Leía en las revistas el horóscopo de mi signo solar y, por supuesto, me identificaba con sus características: intensa, posesiva, con una voluntad de hierro y el coraje para afrontar lo que fuera. Crecí creyendo que habitaba el signo más fuerte del zodiaco y que el arte de defenderme era una habilidad que dominaba a la perfección. Qué ironía.
Muchos años de terapia y vida después, fui conociendo partes de mí que no reconocía y que, de hecho, me costaba aceptar. Me daban de frente las consecuencias de dinámicas que no correspondían con ese caparazón tan fuerte que todos, a lo largo de los años, vamos construyendo para protegernos.
Fue Káiser, mi amado perrhijo, quien hace tiempo me enseñó cuán peligroso es operar a ciegas de nuestro propio diseño. Durante un paseo, fue atacado por otro perro. Káiser es un guardián, un estratega nato con un instinto de protección formidable; era evidente que él era el más fuerte y sabía perfectamente cómo defenderse. Pero mi pánico ante el conflicto me paralizó por completo. En lugar de dejarlo actuar, jalé la correa con fuerza, anulando su instinto para evitar el pleito a toda costa.
El resultado de mi parálisis fue que el otro perro lo mordió en su carita. Regresé a casa a curarlo, llorando y pidiéndole perdón desde el fondo de mi corazón y mi culpa. Mi miedo lo había dejado indefenso; mi emoción lo había lastimado. En ese instante descubrí que no tenía el carácter del que tanto me ufanaba. El solo pensamiento de la culpa que me generaría el que el agresor resultara lastimado por la fuerza de mi perro me resultó insoportable. Inonsientemente elegí que mi guardián absorbiera el daño antes que permitirle defenderse, él se había convertido en un espejo, me miré entonces tal cual era, eternamente recibiendo el daño.
Apenas hace unos días, la situación se repitió. Pero esta vez, respiré y no jalé la correa. Káiser pudo marcar su perímetro y, para mi sorpresa, el espacio se ordenó en un segundo: el atacante huyó y ninguno resultó lastimado, hubo comunicación animal instintiva.
Hoy a través de la consultoría sistémica, entiendo que ese bloqueo no era un defecto de mi carácter, sino una firma geométrica exacta en mi mapa. En la arquitectura astrológica, tener a Marte —el planeta de la fuerza, el límite y la defensa— atrapado en la Casa 8, bajo un signo interceptado, se experimenta justamente así: como una prohibición invisible para usar la propia fuerza.
Una intercepción es como una habitación sin puertas hacia el exterior dentro de nuestro propio mapa. El instinto de preservación no fluye. Cada vez que este Marte intenta levantar la espada para poner un límite drástico, el sistema no experimenta alivio: experimenta una culpa asfixiante. Se asume el dogma silencioso de que defenderse es destructivo, y preferimos regresar a casa mordidos antes que desenvainar el propio poder. Amarrarnos a nosotros mismos genera una tensión volcánica subterránea; es volvernos el perrito que se lame sus propias heridas en silencio porque cree que no tiene derecho a defender su lugar.
La soberanía no se alcanza aprendiendo a gritar o a pelear con el mundo. Se alcanza teniendo la compasión y el valor de soltar la correa interna.
Esa fuerza y ese instinto de preservación que te habitan no son armas peligrosas ni garras de las que debas disculparte; son herramientas legítimas de resguardo. El orden natural de las cosas exige límites claros para proteger la vida. Cuando dejas de pedir perdón por tu propio poder y permites que tu sistema marque sus perímetros, la culpa heredada se disuelve y la estructura, por fin, se ordena.
A través del EPI (Escaneo de Potencialidad Individual), no venimos a juzgar nudos energéticos, sino a abrir con delicadeza esas habitaciones cerradas para dejar de castigar al propio guardián.
“Saber quién eres es información. Saber cómo habitar tu poder es Soberanía.”