Sinastrías, devaluación del ego y el miedo a la soberanía.

Hace un tiempo abrí una cuenta en una aplicación de citas. No hablaré de forma detallada de mi experiencia en ella; creo que basta decir que la eliminé al poco tiempo, pero para el contexto de esta historia me pareció importante precisarlo. Conocí a varios hombres —si "conocer" puede ser la palabra adecuada—. Es difícil conocer a alguien por un par de fotografías o unas conversaciones de pocas palabras que siempre contienen la misma información: gustos, aficiones, estudios, hijos, mascotas; situaciones muy triviales del día a día con las que solemos asumir que sabemos quién se encuentra detrás del dispositivo que nos contesta.

Uno de estos hombres llamó mi atención por sus preguntas. Después de las de rigor comentadas en líneas anteriores, me preguntaba si con ellas yo podía asegurar la compatibilidad. Mi respuesta fue la que yo creo sería lógica: una relación es cuestión de decisión y no de compatibilidad de aficiones o trabajos. ¿Cómo podría saber si soy compatible o podría tener una relación “exitosa” con alguien por el simple hecho de saber a qué se dedica o cuántos años tiene?

La conversación continuó a través de otra red social, en donde, si así lo decide el usuario, se agrega una fotografía de perfil. Mi sorpresa al contactar por esta vía fue la imagen, pues claramente no era de su persona, sino la de un superhéroe de la ciudad de Metrópolis. La verdad es que no hice preguntas ni emití comentarios al respecto; yo misma he puesto en mi foto de perfil dibujos de anime (uno de mis favoritos fue Kurama por el parecido que le veo con mi amor de cuatro patas), pero esto tal vez sea algo que comentemos en otra ocasión.

Tuvimos muy breves conversaciones y por muy poco tiempo, pero entre ellas recibí un comentario que de forma inmediata me hizo entrar en cortocircuito. Sus palabras fueron: “Eres bonita, pero piensas como hombre". Mi Luna en Cáncer no daba crédito a la condescendencia; pasaron unos segundos y mi Ascendente en Capricornio —que es lo que el mundo ve de ti— tomó su lugar y, por el contrario, sonrió ante la precisión del diagnóstico. Respondí entre risas: "Tiene sentido, pero no es mi totalidad". Más allá de la etiqueta de género, lo que esa persona estaba percibiendo era mi Soberanía: el colectivo asume erróneamente que la lógica, el análisis y el control de la mesa son atributos masculinos.

En una siguiente conversación, él no buscaba un diálogo simétrico; me envió su carta natal de forma unilateral, lanzándola sobre la mesa como un examen para probar mis capacidades. Asumió, desde su prejuicio, que una consultora legal y financiera con un MBA y una certificación como consultora astrológica no podía ser más que el equivalente a una influencer efímera que recita el clima de la semana. Pero de nuevo apareció mi Ascendente y decidí regalarle un pequeño peritaje forense, devolviéndole un diagnóstico quirúrgico de su Luna en Leo en Casa 2, su Sol en Capricornio y una oposición a Saturno en la Casa 1. Su respuesta, un lacónico "sí le sabes", fue el último intento de su ego por mantener una posición de superioridad, como si fuera el sinodal con derecho a calificar mis años de estudio y trayectoria. A lo que respondí, debo confesarlo, con un mordaz: “El Superman del perfil cobra sentido”.

Hasta ese momento no le di mucha importancia; los saludos continuaron siendo ocasionales hasta que un día me propuso conocernos en persona, pero me dio un horario muy inusual: alrededor de las 8 de la mañana. Al ser yo una persona que ha trabajado en diferentes horarios, lugares y circunstancias —incluyendo pisos de aeropuertos—, traté de mostrarme abierta a sus necesidades y respondí que me indicara qué restaurante para desayunar le parecía adecuado. Su propuesta de nuevo provocó un cortocircuito: “Podemos vernos en un parque donde haya una banca, o incluso en un Oxxo”. Intentó bajarme el precio; una Luna en Leo siempre debe ser el Rey. El final de esta conversación no representó un problema, pero sí una decisión: le indiqué de forma diplomática más no real, que no muevo mi agenda para ir a ver personas a un Oxxo y que más adelante veríamos opciones. Por supuesto, fue el corte final.

Pero más allá de la anécdota y del choque de egos en la superficie, el peritaje real se encontraba oculto en el subsuelo de la geometría celeste. Cuando puse ambas cartas natales frente a frente, lo que se reveló no fue un desencuentro casual, sino la activación exacta e inevitable de una red en sinastría donde los mapas se desafiaban en vivo.

Arrancamos con una Luna en conjunción partil a su Ascendente en Cáncer. En este espejo, mi Luna tiene por memoria inconsciente la experiencia emocional que su Ascendente apenas tiene que aprender a habitar; yo transpiraba de forma natural lo que su destino le exigía ser. El cortocircuito mayor vino con la cuadratura partil de Saturno a Saturno: un choque de titanes donde su Saturno en Cáncer, instalado en la Casa 1 y en oposición a su propio Sol, no tenía muchas posibilidades de ganar. Mucho menos cuando ese mismo Saturno en Casa 1 se topó de frente en oposición con la rigidez de mi Ascendente en Capricornio, activando de inmediato al Lex Luthor de ese Superman de fantasía, acostumbrado a proyectar la autoridad castradora en el exterior debido a su oposición natal Sol-Saturno, colapsó al encontrarse con una verdadera estructura de autoridad en la mesa.

La atracción inicial que provocó el match cobró un sentido geométrico impecable: mi Venus hacía una conjunción exacta a su Sol (deseo puro e identidad), pero mi Ascendente capricorniano hacía una conjunción a su Venus natal. Mi solidez desde la fachada terminó por congelar e intimidar el espacio de su Venus, dejándolo sin herramientas de control. 

Cuando el sistema no puede sostener la escala de tu estructura, su única salida mecánica para no sentirse disminuido es intentar abaratar el valor del entorno.

Al final, el insulto velado del OXXO no era más que el pánico de un ego que, al verse desnudado, necesitó urgentemente bajarme el precio para recuperar el control. Pero el cielo no miente: a una Jefa no se le audita la competencia de forma gratuita, y una Emperatriz no negocia la aduana de su tiempo por un café instantáneo.

“Saber quién eres es información. Saber cómo habitar tu poder es Soberanía”

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